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Entender el lenguaje de las nuevas generaciones también es comunicación

  • Foto del escritor: Fernando Arévalo
    Fernando Arévalo
  • 10 abr
  • 7 min de lectura

Actualizado: hace 4 días

Una guía práctica para comunicadores sobre los códigos que circulan entre Gen Z, Gen Alpha y la cultura digital


Hace poco, mientras trabajaba en un contenido sobre comunicación con audiencias jóvenes, me encontré con una palabra que no había escuchado antes: delulu. Con cringe, ghostear, vibe o hype al menos sabía por dónde iba la cosa, pero delulu me obligó a preguntar qué significaba. Descubrí que viene de delusional y que suele utilizarse, muchas veces con humor o ironía, para referirse a alguien que está siendo poco realista o que interpreta una situación desde la fantasía. Más allá de haber aprendido una palabra nueva, aquello me hizo pensar en algo que quienes trabajamos en comunicación no deberíamos pasar por alto: podemos decidir no utilizar el lenguaje de las nuevas generaciones, pero no podemos permitirnos ignorar lo que significa.


Cada generación ha construido sus propios códigos, expresiones y formas de reconocerse. Eso no tiene nada de nuevo. Nuestros padres y abuelos tuvieron las suyas, nosotros tuvimos las nuestras y los jóvenes de hoy tienen las propias. Lo que sí cambió profundamente con internet y, sobre todo, con la explosión de las redes sociales, es la velocidad, el alcance y el lugar donde se producen esas transformaciones. Una expresión que antes podía permanecer durante años vinculada a una ciudad, un país o un determinado grupo social hoy puede surgir en una comunidad digital, saltar a TikTok, convertirse en meme y aparecer pocos días después en conversaciones de jóvenes de distintos países.


Para quienes trabajamos en comunicación estratégica, esto plantea una cuestión bastante sencilla: si adaptar un mensaje implica conocer a la audiencia, también necesitamos conocer los códigos con los que esa audiencia interpreta el mundo. No significa que una institución tenga que empezar a escribir slay, rizz o delulu en sus publicaciones. Significa que, cuando esas palabras aparecen en una conversación, un comentario, una evaluación de nuestra campaña o una investigación de audiencia, deberíamos saber qué nos están diciendo.


Ya no podemos hablar únicamente de centennials

Durante los últimos años nos acostumbramos a hablar de millennials y centennials o Generación Z como las grandes audiencias jóvenes de internet. Pero el tiempo siguió corriendo. La Generación Alpha ya está entrando plenamente en la adolescencia y participa activamente en redes, videojuegos, comunidades digitales y plataformas de creación de contenido. Al mismo tiempo, los centennials han crecido y muchos ya están incorporados al mundo laboral. Hablar hoy del “lenguaje de los centennials” como si fuera un bloque homogéneo resulta cada vez menos preciso.


Además, las palabras no respetan demasiado bien nuestras categorías generacionales. Una expresión puede surgir en una comunidad gamer, otra en un fandom, otra en TikTok, otra en determinadas comunidades culturales y terminar siendo utilizada por personas de edades y países muy diferentes. Algunas palabras asociadas hoy con Gen Z existían antes de que esa generación comenzara a utilizarlas, mientras que expresiones que ahora relacionamos con Gen Alpha también son utilizadas por centennials e incluso por millennials.


Por eso resulta más útil hablar del lenguaje de las nuevas generaciones y de la cultura digital. No estamos diciendo que todos los adolescentes y jóvenes hablen de la misma manera, ni que una persona mayor de determinada edad quede automáticamente excluida de esos códigos. Estamos reconociendo que existe un vocabulario que circula con especial intensidad en determinados espacios digitales y que conocerlo puede ayudarnos a comprender mejor a las audiencias que participan en ellos.


¿Por qué tantas palabras vienen del inglés?

La presencia del inglés tampoco es accidental. Buena parte de las plataformas, videojuegos, memes, comunidades de fans, música, series y contenidos que alimentan la cultura digital global circulan originalmente en ese idioma. Una palabra puede alcanzar millones de visualizaciones y atravesar fronteras antes de que exista siquiera la necesidad de buscarle un equivalente en español. Cuando finalmente llega a una conversación en Guatemala, México, Colombia o Argentina, muchas veces ya llega instalada con su forma inglesa.


Pero lo verdaderamente interesante es que los hablantes no nos limitamos a importar esas palabras. También nos apropiamos de ellas y las adaptamos al español. Ghosting se convierte en ghostear y después decimos con absoluta naturalidad “me ghosteó”. De stalk obtenemos stalkear; de ship, shippear; y de hype, hypear. Tomamos una raíz inglesa, le agregamos una terminación española y comenzamos a conjugarla como cualquier otro verbo. El proceso demuestra que el lenguaje digital no es simplemente una invasión de anglicismos, sino un espacio donde las comunidades toman palabras, las modifican y las incorporan a sus propias formas de expresión.


Tampoco todo viene del inglés. Funar, por ejemplo, se extendió en América Latina para referirse a la exposición o denuncia pública de alguien y encontró en las redes sociales un terreno particularmente fértil. Resolver, una palabra que evidentemente no tiene nada de nueva, adquirió en ciertos usos juveniles un significado adicional relacionado con tener iniciativa, encontrar soluciones y hacerse cargo de una situación. El fenómeno, por tanto, es más complejo que una simple sustitución del español por palabras inglesas.


Algunas de estas expresiones seguramente te resultan familiares. Otras quizá no tanto. Esta guía ayuda a interpretar qué están comunicando cuando aparecen en una conversación o en redes.
Algunas de estas expresiones seguramente te resultan familiares. Otras quizá no tanto. Esta guía ayuda a interpretar qué están comunicando cuando aparecen en una conversación o en redes.

Un vocabulario que conviene tener en el radar

Intentar construir un diccionario definitivo sería poco útil. Este lenguaje cambia demasiado rápido y algunas expresiones desaparecen casi con la misma velocidad con la que aparecieron. Lo que sí podemos hacer es reconocer algunos términos que circulan actualmente y, sobre todo, entender los diferentes espacios desde los que llegan.


En el lenguaje social y cotidiano encontramos palabras como mid, utilizada para describir algo mediocre o poco destacable; cringe, para aquello que provoca vergüenza ajena o incomodidad; delulu, cuando alguien mantiene una visión poco realista o fantasiosa; vibe, para referirse a la sensación o energía que transmite alguien o algo; rizz, asociado con el carisma o la capacidad de atraer; y expresiones como lowkey y highkey, que permiten matizar si algo se expresa con cierta reserva o de manera abierta. También encontramos red flag, que pasó del lenguaje de las relaciones personales a convertirse prácticamente en sinónimo de señal de alerta, y expresiones en español como de chill o resolver.


Un segundo grupo pertenece más claramente a la cultura digital y las redes sociales. Aquí aparecen ghostear, stalkear, shippear y funar, pero también POV, abreviatura de point of view, que pasó de describir un punto de vista a convertirse en una fórmula narrativa habitual en videos y memes; aesthetic, utilizado para hablar de una identidad o estilo visual reconocible; y main character, asociado con la idea de comportarse o percibirse como protagonista de la propia historia. En este grupo incluiría también hype y hypear, que resultan especialmente interesantes porque muestran cómo una expresión puede pasar de describir la expectativa alrededor de algo a convertirse incluso en una acción dentro del ecosistema de las plataformas digitales.


Existe además un tercer territorio que muchas veces quienes no somos gamers pasamos por alto: el lenguaje de los videojuegos que terminó escapándose de los videojuegos. NPC nació como non-player character, el personaje controlado por el juego, pero hoy puede utilizarse para describir a alguien que actúa de manera extremadamente predecible o parece limitarse a seguir al resto. GG, de good game, dejó de utilizarse exclusivamente al terminar una partida y puede aparecer como una manera informal de decir que algo terminó bien. Skill issue se usa sarcásticamente cuando alguien no consigue hacer algo; cooked puede indicar que alguien está en serios problemas o prácticamente acabado; y la famosa “F en el chat”, nacida de una escena de un videojuego, terminó convertida en una forma humorística de expresar respeto o solidaridad ante una desgracia o fracaso.


Estas categorías tampoco son rígidas. Ese es precisamente el punto. Una expresión puede comenzar en un videojuego, convertirse en meme, pasar a TikTok y terminar utilizándose en una conversación presencial. Las fronteras entre lenguaje social, redes y cultura gamer son cada vez más difíciles de separar porque las personas que participan en esos espacios son las mismas.


Entender el código no significa imitarlo

Aquí aparece probablemente la distinción más importante para quienes trabajamos en comunicación. Conocer el lenguaje de una audiencia no significa apropiarnos automáticamente de él. Una municipalidad no necesita decir slaypara comunicarse con adolescentes, una ONG no necesita llenar una campaña de rizz y delulu para demostrar que entiende a la Generación Z y una empresa que incorpora slang juvenil a la fuerza puede terminar consiguiendo exactamente lo contrario de lo que buscaba: parecer artificial y generar cringe.


Adaptar la comunicación significa comprender los códigos, referencias, expectativas y formas de interpretar la información de una audiencia para decidir cómo construir el mensaje. Habrá ocasiones en las que utilizar una expresión de este tipo resulte completamente natural y otras en las que el español convencional sea mucho más adecuado. Esa decisión no debería depender de una moda, sino del propósito de la comunicación, el canal, la relación que tenemos con la audiencia y el tono que legítimamente podemos utilizar como organización.


Para un comunicador, este conocimiento puede funcionar en tres niveles. El primero es escuchar: si una audiencia describe algo como mid, dice que una campaña le produce cringe o identifica determinada conducta como una red flag, está proporcionando información que necesitamos comprender. El segundo es interpretar: esas palabras expresan emociones, valores y percepciones sobre lo que genera entusiasmo, rechazo, confianza, identificación o indiferencia. El tercero es decidir si alguno de esos códigos tiene sentido dentro de nuestra propia comunicación o si basta con haberlos comprendido para diseñar un mensaje más pertinente.


El lenguaje cambia más rápido que los diccionarios

Todo esto también abre una discusión más amplia sobre quién determina cómo hablamos. Durante mucho tiempo nos acostumbramos a pensar en diccionarios, academias, medios de comunicación y otras instituciones como referentes del lenguaje. Siguen teniendo una función fundamental para documentar, ordenar y establecer normas comunes, pero internet introdujo un ritmo completamente diferente. Las comunidades digitales pueden crear, transformar, popularizar y abandonar una expresión mucho antes de que cualquier institución lingüística tenga tiempo de registrarla.


No hay necesariamente una contradicción entre ambas cosas. La lengua formal y el lenguaje cotidiano cumplen funciones diferentes y evolucionan a velocidades distintas. Como comunicadores necesitamos movernos entre esos dos mundos. Debemos saber escribir correctamente y mantener la precisión que exige nuestra profesión, pero también necesitamos escuchar cómo hablan las personas con las que queremos relacionarnos. Una comunicación impecablemente escrita puede fracasar si utiliza códigos que su audiencia considera distantes, incomprensibles o simplemente irrelevantes.


Quizá por eso mi encuentro con delulu terminó siendo más útil de lo que esperaba. No porque ahora necesite incorporar la palabra a mi vocabulario, sino porque me recordó algo bastante elemental sobre este oficio: nunca terminamos de aprender el idioma de nuestras audiencias. Las palabras cambian, las generaciones cambian, los canales cambian y las referencias culturales también. Nuestra tarea no consiste en correr detrás de cada tendencia, sino en mantener suficiente curiosidad para reconocer cuándo no entendemos algo y preguntar qué significa.


Porque para comunicarnos con una audiencia no necesitamos hablar exactamente como ella. Pero sí necesitamos entender qué nos está diciendo.




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