Por Qué la Rabia Viraliza Mejor que las Soluciones
- Fernando Arévalo

- hace 3 días
- 7 min de lectura

Comunicación, algoritmos y la crisis de la complejidad
Vivimos en un momento donde un mensaje que señala un enemigo suele viajar más rápido que una explicación que intenta resolver un problema. Un video de treinta segundos que promete una solución simple a una crisis económica compleja puede alcanzar millones de personas antes de que un informe técnico haya sido leído por unos pocos cientos. Una frase como “ellos son el problema” suele tener más fuerza comunicacional que una explicación sobre desigualdad, instituciones débiles, políticas públicas o problemas estructurales acumulados durante décadas.
Trabajo en comunicación desde hace más de veinte años. He trabajado en desarrollo internacional, salud pública, cambio de comportamiento y comunicación basada en evidencia. Y lo que estoy viendo en el ecosistema político actual me preocupa, no porque sea un fenómeno de izquierda o de derecha, sino porque entiendo los mecanismos comunicacionales que están detrás.
Estamos viviendo un choque entre dos mundos: una realidad que es inevitablemente compleja y un ecosistema digital que recompensa los mensajes más simples, emocionales y fáciles de compartir.
Este fenómeno no comenzó con las redes sociales. La comunicación política siempre ha estado atravesada por emociones, identidades y narrativas. Como explica Drew Westen en The Political Brain (2007), las personas no procesan los mensajes políticos como analistas fríos que comparan datos y toman decisiones puramente racionales. Las emociones, los valores, las identidades y el sentido de pertenencia son elementos centrales en cómo interpretamos la realidad.
Esto es importante porque muchas veces se plantea un falso dilema entre emoción y razón. El problema no es que la política tenga emociones. Siempre las ha tenido. La esperanza, la indignación, el miedo o el deseo de cambio han sido motores de movilización social a lo largo de la historia.
El problema aparece cuando un entorno de comunicación está diseñado para premiar aquellas emociones que generan más reacción inmediata.
Las redes sociales no son espacios neutrales donde todas las ideas compiten bajo las mismas reglas. Las plataformas digitales han cambiado la comunicación política porque han creado nuevas lógicas de visibilidad, interacción y participación. Como señalan Papathanassopoulos y Giannouli (2025) en Political Communication in the Age of Platforms, la comunicación política actual está profundamente influida por plataformas cuyo diseño algorítmico determina qué mensajes llegan, a quién llegan y con qué intensidad.
Un algoritmo no pregunta si un mensaje es verdadero, justo o útil para la sociedad. Su pregunta principal suele ser mucho más simple:
¿Esto genera una reacción?
¿Hace que una persona se detenga?
¿Comente?
¿Comparta?
¿Permanezca más tiempo en la plataforma?
Si la respuesta es sí, ese contenido tiene mayores probabilidades de ser amplificado.
Y aquí aparece una de las partes más incómodas de la conversación.
No siempre se viraliza lo más verdadero. No siempre se viraliza lo más útil. Muchas veces se viraliza lo que genera una reacción emocional más intensa.
Esto no es solamente una intuición. Un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciencesencontró que los mensajes que expresan animosidad hacia grupos políticos opuestos generan niveles significativamente más altos de interacción en redes sociales (Rathje et al., 2021).
Dicho de manera simple: los mensajes que tienen un enemigo claro suelen tener una ventaja competitiva en la economía de la atención. Pero sería un error caer en otra simplificación y afirmar que todo es culpa de los algoritmos. Ese argumento sería, irónicamente, otro ejemplo de cómo buscamos respuestas simples a problemas complejos.
La investigación de Metzler y colaboradores (2023) propone una visión más interesante: existe un ciclo de retroalimentación entre las motivaciones humanas, los incentivos sociales y los sistemas de recomendación digitales.
Los algoritmos no inventan nuestra rabia, nuestros miedos o nuestras frustraciones.
Trabajan con ellos. Amplifican emociones que ya existen y las convierten en una infraestructura de distribución extremadamente eficiente.
Y aquí es donde la discusión se vuelve realmente política.
La frustración social muchas veces es legítima. La corrupción existe. La desigualdad existe. La inseguridad existe. La burocracia ineficiente existe. Muchas personas tienen razones reales para sentir que las instituciones no están respondiendo a sus necesidades.
El problema no es la existencia de esa frustración.
El problema es qué ocurre cuando esa frustración entra en un sistema comunicacional que recompensa la simplicidad por encima de la complejidad.
Una explicación sobre por qué una economía no crece puede requerir hablar de productividad, educación, inversión, corrupción, mercados internacionales y políticas públicas.
Un mensaje viral puede resumir todo en cinco palabras:
“Ellos son los culpables.”
Y ese mensaje tiene una enorme ventaja competitiva.
No porque necesariamente sea cierto o falso.
Sino porque es más fácil de recordar, compartir y convertir en una identidad colectiva.
Los actores políticos transforman frustraciones reales en narrativas poderosa
E n ese espacio de frustración es donde aparecen los actores políticos más efectivos desde el punto de vista comunicacional, no necesariamente porque hayan descubierto problemas nuevos. Muchas veces lo que hacen es algo mucho más sofisticado: identifican una frustración real, la convierten en una historia simple, le asignan responsables claros y ofrecen una solución inmediata.
Desde la perspectiva de la comunicación política, esto no es algo nuevo. Manuel Castells, en Comunicación y poder(2009), plantea que el poder en las sociedades contemporáneas se disputa en gran medida en la capacidad de construir significados en la mente de las personas. Quien logra definir cómo una sociedad interpreta un problema tiene una enorme ventaja política.
Un problema complejo puede convertirse rápidamente en un relato sencillo:
“La corrupción es culpa de estos políticos.”
“La inseguridad existe porque este grupo es el responsable.”
“El país está mal porque alguien nos robó nuestro futuro.”
La fuerza de estos mensajes no está necesariamente en que sean completamente falsos. Muchas veces parten de una experiencia real de frustración. La corrupción puede existir. La inseguridad puede ser una preocupación legítima. La desigualdad puede ser evidente.
El problema aparece cuando un fenómeno complejo se reduce a un único enemigo y se presenta una solución que promete ser inmediata, esto no ocurre solamente en un extremo ideológico.
La historia política está llena de movimientos de diferentes corrientes que han utilizado la construcción de un “nosotros” frente a un “ellos” para movilizar apoyo. Lo que cambia hoy es la velocidad y la escala con la que estas narrativas pueden circular.
La comunicación de plataformas ha cambiado las reglas del juego. Un mensaje que antes podía quedar limitado a un discurso en una plaza o a una portada de periódico hoy puede ser repetido millones de veces, personalizado por algoritmos y reforzado dentro de comunidades digitales.
Esto tiene un efecto particularmente importante en las nuevas generaciones.
Un joven de 18 años no necesariamente vivió los éxitos o fracasos de los líderes y movimientos políticos que hoy regresan al escenario. Su experiencia política está mediada por el contenido que consume en su teléfono: un video de treinta segundos, un meme, un comentario viral, una narrativa emocional.
Eso no significa que los jóvenes sean menos críticos o menos inteligentes.
Significa que están formando su visión del mundo dentro de un ecosistema de información completamente distinto. Ese ecosistema favorece la velocidad sobre la reflexión, la reacción sobre el análisis y, muchas veces, la emoción sobre el contexto.
Pero el problema no termina cuando estos movimientos llegan al poder.
Aquí aparece una paradoja comunicacional fascinante: los mensajes más eficaces para ganar atención no siempre son los más eficaces para gobernar.
Gobernar significa administrar sistemas complejos. Significa negociar intereses opuestos, trabajar con instituciones imperfectas, gestionar restricciones económicas y aceptar que algunos cambios toman años o incluso décadas.
La realidad no desaparece porque un mensaje haya sido viral. Los problemas estructurales no se resuelven con un eslogan.
Es entonces que aparece un nuevo desafío: cuando las promesas simples se enfrentan con realidades complejas, los gobiernos tienen dos caminos. Pueden reconocer la complejidad, comunicar límites, explicar avances y aceptar errores. O pueden redoblar la estrategia original y buscar nuevos enemigos que mantengan viva la narrativa.
Muchas veces se elige la segunda opción porque, comunicacionalmente, sigue funcionando.
Ese es el riesgo de los ciclos actuales de radicalización. No funcionan necesariamente como un péndulo donde la sociedad regresa automáticamente a un punto de equilibrio. En algunos contextos pueden funcionar más como una escalera descendente donde cada frustración alimenta la búsqueda de una solución todavía más simple, más rápida y más extrema.
La gran pregunta de nuestro tiempo es cómo comunicamos complejidad en un entorno que premia la simplificación.
¿Cómo se explica que una política pública puede tardar diez años en mostrar resultados cuando un video de treinta segundos promete resolverlo todo?
¿Cómo se comunica incertidumbre sin parecer incompetente?
¿Cómo se reconoce un error sin que sea utilizado como prueba de que todo el proyecto ha fracasado?
Esta es una pregunta que el trabajo en desarrollo internacional conoce bien. Cambiar comportamientos, fortalecer instituciones o transformar comunidades nunca ha sido un proceso instantáneo. Requiere escuchar, generar confianza, documentar avances, reconocer fracasos y contar historias honestas sobre procesos que casi siempre son graduales.
Quizás el gran error de muchas instituciones ha sido creer que los resultados hablan por sí solos. No lo hacen.
Los resultados necesitan ser traducidos en historias que las personas puedan entender, relacionar con su vida cotidiana y evaluar críticamente.
La solución no puede ser abandonar la emoción y volver a una comunicación fría basada únicamente en datos.
La emoción siempre será parte de la política y el desafío es mucho más difícil: construir narrativas que combinen emoción con honestidad, esperanza con evidencia y simplicidad con responsabilidad, porque si los únicos actores capaces de comunicar con eficacia son aquellos que ofrecen enemigos simples para problemas complejos, entonces el problema no será solamente político.
Lecturas recomendadas:
Westen, Drew (2007). The Political Brain: The Role of Emotion in Deciding the Fate of the Nation. PublicAffairs.Un análisis sobre cómo las emociones, identidades y narrativas influyen en las decisiones políticas. Westen cuestiona la idea del votante puramente racional y demuestra que los mensajes políticos más efectivos conectan con valores, miedos, esperanzas y sentido de pertenencia.
Castells, Manuel (2009). Comunicación y poder. Madrid: Alianza Editorial.Una obra fundamental para entender cómo el poder se disputa mediante la capacidad de construir significados en la sociedad. Castells analiza el papel de los medios, Internet, las emociones y las narrativas en la formación de la opinión pública y los conflictos políticos contemporáneos.
Papathanassopoulos, Stylianos & Giannouli, Iliana (2025). Political Communication in the Age of Platforms. Encyclopedia, 5(2).Analiza cómo las plataformas digitales están transformando la comunicación política, las campañas electorales y la participación ciudadana, generando nuevas tensiones relacionadas con la personalización algorítmica, la polarización y la fragmentación del espacio público.
Rathje, S. et al. (2021). Out-group animosity drives engagement on social media. Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).Demuestra que los mensajes que expresan hostilidad hacia grupos opuestos generan mayores niveles de interacción en redes sociales, ayudando a explicar por qué la indignación puede convertirse en una ventaja competitiva dentro de la economía de la atención.
Metzler, H. et al. (2023). Social Drivers and Algorithmic Mechanisms on Digital Media.Propone que los algoritmos no operan de manera aislada, sino en un ciclo de retroalimentación con las motivaciones humanas, las dinámicas sociales y los incentivos de las plataformas digitales.




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