ESG no significa pintar el logo de verde
- Fernando Arévalo

- 8 ago
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Actualizado: hace 22 horas

ESG es una de esas siglas que aparecen cada vez más en informes, reuniones empresariales y publicaciones de LinkedIn, casi siempre dando por hecho que todo el mundo sabe qué significa. La realidad es otra: mucha gente la ha escuchado, pero pocos podrían explicarla con claridad.
Viene del inglés Environmental, Social and Governance: en español, criterios ambientales, sociales y de gobernanza. En corto, sirve para ver cómo una organización se relaciona con el planeta, con las personas y con la forma en que toma decisiones.
La E es lo ambiental: consumo de energía y agua, gestión de residuos, emisiones, contaminación, cambio climático, uso de recursos naturales. La S es lo social: condiciones laborales, diversidad, salud y seguridad, derechos humanos, relación con comunidades, trato a proveedores, impacto de los productos o servicios en las personas. La G es la gobernanza: quién decide, cómo se supervisa, qué controles existen, cómo se previene la corrupción, qué tan transparente es la organización y si rinde cuentas.
No es un inventario de buenas intenciones. Tampoco es sembrar árboles una vez al año, publicar fotos de voluntariado o pintar el logo de verde durante una campaña ambiental. ESG busca ver cómo esos temas están metidos de verdad en la estrategia, las operaciones y las decisiones, incluidas las contradicciones. Una empresa puede anunciar que redujo el plástico en sus oficinas (bien por ella), pero eso dice poco de su desempeño ambiental si al mismo tiempo consume enormes cantidades de agua o trabaja con proveedores que incumplen normas ambientales. Lo mismo con lo social: se puede financiar proyectos comunitarios y mantener malas condiciones laborales puertas adentro. Y en gobernanza, se puede tener un código de ética impecable en el papel y ningún mecanismo confiable para denunciar irregularidades.
¿Es lo mismo que responsabilidad social empresarial? No exactamente
La RSE suele asociarse a programas o compromisos voluntarios con los que una organización busca aportar al bienestar social y ambiental. ESG toma algunos de esos temas, pero los conecta con la gestión de riesgos, los indicadores, la supervisión y la rendición de cuentas. La línea entre ambos no siempre es clara y pueden convivir sin problema, pero ESG pone más énfasis en demostrar qué se está haciendo, cómo se mide y quién responde por los resultados.
Para eso existen marcos internacionales. Los Estándares GRI ayudan a las organizaciones a reportar sus impactos en la economía, el ambiente y las personas. Las normas IFRS S1 e IFRS S2, en cambio, se enfocan en los riesgos y oportunidades de sostenibilidad que pueden afectar las finanzas de una empresa, con una norma específica para el tema climático. Por eso no hay una sola manera de hablar de ESG: unos parten del impacto que una organización provoca en la sociedad y el ambiente, otros de cómo esos factores afectan su desempeño financiero. Están relacionados, pero no son lo mismo.
Dónde entra la comunicación
Aquí conviene aclarar algo: comunicar no es convertir acciones sueltas en una historia bonita.
Cuando se toma en serio, la comunicación entra desde antes de publicar cualquier informe. Ayuda a identificar a los grupos de interés, escuchar sus preocupaciones, explicar decisiones, ordenar información y contar avances y dificultades de forma comprensible. Una estrategia ESG necesita comunicación para conectar áreas que normalmente trabajan por separado: Recursos Humanos sabe de diversidad y condiciones laborales, Operaciones conoce el consumo de energía, Finanzas maneja los datos de riesgo, Compras se relaciona con proveedores, la dirección decide y supervisa. Si cada área guarda su información por su lado, el resultado son datos dispersos, mensajes que se contradicen entre sí y una foto incompleta del impacto real. La comunicación puede ordenar esa dispersión en una narrativa coherente, siempre que esa narrativa esté respaldada por evidencia.
También tiene una función de escucha. Comunidades, personal, clientes y proveedores no son solo públicos a quienes hay que avisar: son fuentes que pueden advertir riesgos, señalar impactos que la organización no está viendo y cuestionar decisiones. Escuchar no es abrir una encuesta para cumplir el expediente. Es tener mecanismos de diálogo, responder lo que se plantea y explicar qué se decidió a partir de esa conversación.
Y hay una función de traducir. Los informes de sostenibilidad suelen estar cargados de indicadores y términos técnicos, y la comunicación tiene que volverlos comprensibles sin deformarlos. No se trata de esconder la complejidad, sino de explicar qué significan los datos y por qué le importan a la gente. Decir que una empresa redujo sus emisiones en un 15% suena bien, pero una comunicación responsable debería aclarar cuál fue el año de referencia, qué actividades se incluyeron, cómo se midió y si la baja se debió a mejoras reales o a que simplemente bajó la producción. Sin ese contexto, el porcentaje impresiona y dice muy poco a la vez.
Ahí aparece el riesgo del greenwashing: cuando una organización exagera o presenta de forma selectiva sus acciones ambientales para parecer más responsable de lo que es. Pasa también en lo social, por ejemplo cuando una empresa habla de diversidad mientras mantiene prácticas discriminatorias. El problema no es comunicar los avances, sino usar la comunicación para taparlos. Una organización seria no necesita presentarse como perfecta; necesita decir qué logró, qué no, cuáles son sus desafíos y qué va a hacer con ellos. Reconocer una dificultad suele generar más confianza que llenar un informe de fotos sonrientes y frases que nadie puede comprobar. Por eso quienes trabajan en comunicación tienen que hacer preguntas incómodas: ¿de dónde sale este dato?, ¿quién lo verificó?, ¿qué período cubre?, ¿también mostramos lo que salió mal?, ¿participaron las personas afectadas?, ¿esto se puede demostrar? Esas preguntas no frenan la comunicación. La cuidan.
La comunicación puertas adentro
Los compromisos de sostenibilidad se anuncian hacia afuera, pero se cumplen o se incumplen adentro. El personal necesita entender qué significan esos compromisos en su trabajo del día a día. Una política ambiental sirve de poco si Compras sigue eligiendo proveedores solo por precio. Un compromiso de derechos humanos pierde peso si quienes supervisan equipos no saben prevenir el acoso. Y un código de ética no vale mucho si nadie conoce los canales de denuncia, o les tiene miedo.
Ahí es donde la gestión del conocimiento entra a jugar. No basta con producir información: hay que organizarla, guardarla, compartirla y usarla para decidir mejor. Los aprendizajes de un proyecto, las consultas con comunidades, los incidentes reportados, las soluciones que funcionaron, todo eso debería quedar en la memoria institucional en vez de desaparecer cuando cambia el equipo o termina una consultoría.
ESG puede sonar como un tema reservado para grandes empresas e inversionistas, pero las preguntas de fondo son bastante cercanas: qué impacto produce una organización, a quién beneficia o perjudica, cómo decide, quién la supervisa, qué hace cuando se equivoca, cómo demuestra lo que dice. La comunicación ayuda a plantear esas preguntas, escuchar las respuestas y hacerlas entendibles, pero su aporte más valioso no es mejorar la imagen de la organización. Es ayudar a que exista coherencia entre lo que dice, lo que hace y lo que puede probar.
Si ESG se queda en un informe bonito, probablemente termina archivado en un sitio web que casi nadie visita. Si se mete en las decisiones, en la cultura y en el aprendizaje de la organización, puede convertirse en una herramienta real para gestionar impactos y construir confianza. Y la confianza, aunque no aparezca como casilla en una hoja de cálculo, sigue siendo de lo más difícil de construir y de lo más fácil de perder.



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