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Comunicar ciencia es construir futuro

Foto del escritor: Fernando Arévalo
Fernando Arévalo
20 may 2025
4 min de lectura

Actualizado: 11 ago


Producir evidencia es indispensable, pero no suficiente. Para que la ciencia contribuya a mejorar políticas, servicios y decisiones cotidianas, también debe ser comprendida, discutida y utilizada.


La ciencia puede identificar un problema, medir su magnitud y mostrar qué intervenciones tienen mejores resultados. Pero entre producir evidencia y lograr que alguien la use existe una distancia considerable. Un estudio puede ser técnicamente impecable y, aun así, quedar archivado en un repositorio, circular únicamente entre especialistas o llegar demasiado tarde a quienes toman decisiones.


Ese vacío no se resuelve simplificando un informe ni convirtiéndolo automáticamente en una infografía. Comunicar ciencia exige decidir qué necesita saber cada audiencia, para qué lo necesita y cómo puede utilizarlo. No recibe la misma información una autoridad que debe asignar presupuesto, un profesional que aplica una intervención, un periodista que explica un hallazgo o una comunidad que necesita decidir sobre un asunto que afecta su vida.


Por eso, comunicar ciencia es mucho más que divulgar resultados. Es crear las condiciones para que la evidencia pueda entrar en una conversación pública, orientar una decisión o modificar una práctica.


La evidencia no habla por sí sola

En proyectos de salud, nutrición, educación o cambio climático se producen diagnósticos, evaluaciones, estudios y bases de datos con enorme valor. Sin embargo, su utilidad disminuye cuando el contenido se presenta con lenguaje excesivamente técnico, sin contexto o sin una relación clara con las decisiones que deben tomarse.

También ocurre lo contrario: en el intento de hacer atractiva la información, se eliminan los matices, las limitaciones y la incertidumbre. El resultado puede ser fácil de compartir, pero científicamente débil. Una buena comunicación debe evitar ambos extremos. Necesita claridad sin deformar la evidencia y precisión sin convertir cada mensaje en un documento ilegible.


La Organización Mundial de la Salud resume este desafío en seis principios para una comunicación efectiva: debe ser accesible, comprensible, relevante, oportuna, creíble y útil para actuar. La lista parece sencilla, pero obliga a tomar decisiones concretas. ¿El contenido está disponible en el idioma y formato adecuados? ¿Explica qué se sabe y qué todavía no? ¿Llega por un canal que la audiencia realmente utiliza? ¿Permite entender qué acción es posible?


La evidencia genera cambios cuando logra conectar investigación, comunicación y decisiones.
Investigadores, comunicadores y comunidades convierten evidencia científica en decisiones mediante datos, diálogo y trabajo conjunto.

No existe una audiencia llamada “público general”

Uno de los errores más frecuentes consiste en preparar un único producto y esperar que funcione para todos. Las audiencias no llegan a la información con los mismos conocimientos, intereses, experiencias ni niveles de confianza. Tampoco enfrentan las mismas consecuencias.


Un ministerio puede necesitar una síntesis de dos páginas con implicaciones presupuestarias. El personal de salud puede requerir una guía práctica. Una organización comunitaria quizá necesite conversar el hallazgo en su propio idioma y relacionarlo con situaciones conocidas. Los medios buscarán datos verificables, contexto y voces capaces de explicar por qué el resultado importa.


Adaptar la comunicación no significa manipular el mensaje. Significa conservar el mismo núcleo de evidencia y presentarlo de acuerdo con las preguntas reales de cada grupo. A veces será necesario un informe técnico; otras veces, un resumen ejecutivo, una visualización, una historia, una reunión de trabajo o una combinación de formatos.


Las Academias Nacionales de Ciencias de Estados Unidos señalan, además, que el enfoque debe responder al objetivo. Informar sobre un hallazgo, apoyar una decisión, generar diálogo o buscar puntos de acuerdo son propósitos distintos. Cada uno requiere estrategias diferentes. Empezar por el formato, antes de definir el objetivo, suele producir materiales bonitos que nadie sabe muy bien para qué usar.


La confianza también forma parte de la evidencia

Las personas no evalúan únicamente los datos. También se preguntan quién los presenta, con qué intereses y qué tan transparente ha sido el proceso. La precisión técnica es fundamental, pero no basta si la fuente no resulta confiable para la audiencia.


Construir confianza implica explicar de dónde provienen los datos, reconocer sus límites, diferenciar resultados de interpretaciones y evitar promesas que la evidencia no puede sostener. Decir “todavía no lo sabemos” puede fortalecer la credibilidad más que fingir una certeza inexistente. También importa escuchar dudas y objeciones. La comunicación científica pierde eficacia cuando se limita a emitir mensajes y trata las preguntas de la gente como obstáculos.


En temas controvertidos, la información compite con rumores, experiencias personales, intereses políticos y contenidos diseñados para provocar una reacción rápida. Responder con más datos, sin entender esa dinámica, rara vez resuelve el problema. La evidencia necesita fuentes confiables, interlocutores legítimos y espacios donde pueda discutirse.

De la publicación al uso

Una estrategia de comunicación científica útil podría comenzar con cinco preguntas:

  1. ¿Qué decisión, práctica o conversación queremos apoyar?

  2. ¿Quién necesita utilizar la evidencia?

  3. ¿Qué sabe, qué le preocupa y en quién confía esa audiencia?

  4. ¿Qué formato, canal y momento facilitan el uso de la información?

  5. ¿Cómo sabremos si el contenido fue comprendido y sirvió para algo?


La última pregunta suele olvidarse. Contar publicaciones, descargas o visualizaciones indica circulación, pero no necesariamente comprensión o uso. También conviene observar si la evidencia fue citada en una propuesta, discutida en una reunión, incorporada a una guía, utilizada para ajustar una intervención o convertida en una decisión concreta.


Esto requiere colaboración. Quienes investigan conocen la evidencia y sus límites. Quienes comunican ayudan a identificar audiencias, mensajes, narrativas, canales y formas de participación. Quienes trabajan directamente con comunidades o instituciones entienden el contexto donde esa información deberá funcionar. Cuando estas miradas se encuentran desde el inicio, la comunicación deja de ser el último paso del proyecto y pasa a formar parte del proceso de generar impacto.


La UNESCO incluye la comunicación científica dentro de su visión de ciencia abierta porque el conocimiento necesita circular más allá de la comunidad académica y llegar a otros campos, a quienes toman decisiones y a la sociedad. Ese tránsito no ocurre solo. Hay que diseñarlo.


Comunicar ciencia, entonces, no consiste en reducir un estudio a tres mensajes ni en adornar cifras con iconos. Consiste en conectar evidencia, contexto y decisiones sin sacrificar el rigor. Cuando esa conexión funciona, la ciencia deja de ser un producto guardado y se convierte en una herramienta para comprender problemas, discutir alternativas y construir futuro.


Al final de esta publicación encontrarás una síntesis visual de estas ideas.


Fuentes recomendadas



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© FerAr-GT

Guatemala, 2026

Fernando Arévalo es consultor en comunicación estratégica, comunicación interna, gestión del conocimiento y aprendizaje organizacional, con experiencia en organizaciones de desarrollo, cooperación internacional, sector público, universidades y empresas privadas en Guatemala y América Latina.

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