¿Cómo convertir conocimiento técnico en mensajes claros?


Hace unos días estuve en una charla de la OEI sobre divulgación científica y me encantó el ejemplo que dieron, que fueron los eclipses recientes. Este fenómeno astronómico se explicó muy bien y a su hora, y la gente empezó a hablar del tema, a buscar información, a hacerse preguntas e incluso a planear viajes para verlo. Nadie tuvo que leer un artículo para emocionarse con un eclipse.
Y pensando en eso me di cuenta de que el problema no es solo de la ciencia. Es de cualquier campo que desarrolla su propio idioma.
Por ejemplo en un contrato legal lleno de cláusulas que quien lo firma apenas entiende. En un informe financiero que solo tiene sentido para quien trabaja en finanzas. En una política pública escrita con tanto tecnicismo que resulta difícil explicar qué significa para las personas que debe beneficiar. O en un estudio de ingeniería, una evaluación de proyecto, un protocolo médico o un nuevo procedimiento dentro de una empresa.
Todos esos campos producen conocimiento valioso y todos corren el riesgo de terminar hablándole a los mismos.
Esto lo he visto muchas veces en proyectos de desarrollo. Se invierten tiempo y recursos en generar evidencia, estudios, evaluaciones, sistematizaciones y lecciones aprendidas. Y ese conocimiento, en lugar de circular, puede terminar guardado en un informe que muy pocos abren, escrito en el lenguaje de quien lo produjo y no necesariamente en el de quien tendría que utilizarlo para tomar una decisión.
Ahí está, para mí, el fondo del asunto. No siempre falta conocimiento. A veces el conocimiento existe, pero no está llegando a quien lo necesita porque quedó atrapado en su propio vocabulario.
Cada profesión y cada organización desarrolla conceptos, procedimientos y formas de hablar que resultan familiares para quienes trabajan dentro. Ese lenguaje técnico es necesario. Así se puede ser más precisos y la conversación entre los especialistas es más fácil. El problema sale cuando usamos el mismo lenguaje para todas las audiencias.
Traducirlo no significa que se tenga que eliminar toda su profundidad hasta que quede completamente irreconocible. Se debe tener cuidado con las explicaciones demasiado simplificadas, que a veces hace que se pierdan los matices importantes, se sacan conclusiones exageradas y hasta se cambian los significados de la información. La cosa es que hay que mantener el fondo y cambiar la forma de explicarlo según quién lo necesite y para qué.
Una autoridad municipal probablemente no necesita conocer todos los detalles metodológicos de una investigación para decidir dónde concentrar recursos. Un periodista necesita comprender los hallazgos, pero también sus limitaciones. Una comunidad necesita saber qué significa determinada información para su realidad. Un cliente quiere entender qué está contratando y bajo qué condiciones. Un empleado necesita saber qué cambia en un procedimiento y cómo le afecta. Un equipo técnico, en cambio, posiblemente sí necesite los datos, la metodología y los detalles del proceso. El conocimiento de origen puede ser el mismo. La manera de comunicarlo no tiene por qué serlo.
Al final, una comunicación puede estar técnicamente bien construida, utilizar los términos correctos y contener información rigurosa, pero si la audiencia a la que va dirigida no la entiende, algo falló. La claridad no debería medirse desde quien emite el mensaje, sino desde quien necesita comprenderlo.
Y hay algo más en juego todavía: el silencio tampoco es alternativa. Cuando quienes tienen el conocimiento no explican, o lo hacen de una manera que muy pocos pueden entender, el espacio queda abierto para que alguien más lo haga. Y esa persona quizá no tenga el conocimiento, el contexto o el rigor necesarios. Una explicación sencilla, aunque sea incorrecta, puede circular mucho más rápido que un documento técnicamente impecable que nadie comprende.
Ahí encontramos parte del terreno donde crecen los bulos, las interpretaciones equivocadas y la desinformación. No porque toda desinformación nazca de una mala comunicación, por supuesto, sino porque los vacíos de información y las explicaciones incomprensibles facilitan que otras versiones ocupen ese espacio.
Por eso traducir conocimiento técnico no significa simplificar por simplificar. Significa conservar el rigor y encontrar una manera de comunicarlo que tenga sentido para la audiencia a la que queremos llegar.
Eso es lo que hago en mi trabajo: intento que la gente entienda lo que sabe. El conocimiento es mucho más valioso cuando puede moverse, ser entendido y ayudar a la gente a hacer preguntas, decidir o actuar con mejor información.



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