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Cuando responder solo empeora las cosas

Foto del escritor: Fernando Arévalo
Fernando Arévalo
27 ago
7 min de lectura

Ilustración de un provocador con megáfono que recibe reacciones en redes sociales, mientras una persona se aleja tranquilamente con audífonos.
Ilustración de un provocador con megáfono que recibe reacciones en redes sociales, mientras una persona se aleja tranquilamente con audífonos.

Los titulares decían que Trump había anunciado en su red social que pensaba cambiarle el nombre al lago Ontario por "Lago América". ¿Se acuerdan del Golfo de México, rebautizado unilateralmente como Golfo de América? Pues lo mismo, ahora con Canadá. Al principio sonaba a otra ocurrencia para provocar, generar titulares y mantener a todo mundo hablando de él. Poco después firmó la orden para que el gobierno estadounidense usara oficialmente ese nombre, aunque eso no obliga a Canadá ni cambiará cómo lo llamará el resto del mundo.


La reacción fue la esperada. medios de comunicación, políticos, analistas y usuarios se lanzaron a discutir si podía hacerlo, con qué autoridad, hasta dónde llegaba la provocación. Aparecieron las burlas, los memes, la indignación. Durante horas, miles de personas hicieron circular algo que probablemente consideraban ridículo.


A mí, la verdad, no me interesó tanto el cambio de nombre como la facilidad con la que una provocación se adueña de la conversación. Alguien publica algo desproporcionado y, casi sin pensarlo, todos corremos a responder. Queremos corregirlo, demostrar que está equivocado, dejar claro que no estamos de acuerdo. Sentimos que es lo correcto. El problema es que cada respuesta también mantiene vivo el mensaje.


En comunicación había una idea muy arraigada: si alguien decía algo falso y nadie lo contradecía, la mentira ganaba. Todavía hay casos donde eso es cierto, sobre todo cuando una afirmación puede causar daño o influir en decisiones importantes. Pero convertimos esa idea en un reflejo automático. Sentimos que todo merece respuesta y que el silencio equivale a aceptar lo que el otro dijo.


Las redes cambiaron esa lógica. Antes, responder a un rumor ayudaba a frenarlo dentro de un espacio limitado. Ahora, una respuesta puede llevarlo mucho más lejos. Cuando compartimos algo para criticarlo, hacemos captura para burlarnos o mencionamos a quien lo publicó, también lo estamos distribuyendo. La intención puede ser buena; el resultado, no siempre.


El algoritmo solo registra movimiento. Una publicación con comentarios, reacciones y respuestas parece relevante, así la mayoría diga que es absurda. La indignación y la burla también generan alcance. De hecho, muchas provocaciones se publican justo porque se sabe que los adversarios ayudarán a moverlas. Caemos en el juego más seguido de lo que creemos.


La indignación funciona bien porque nos quita el tiempo de pensar antes de reaccionar. Si algo toca lo que consideramos injusto, ofensivo o peligroso, sentimos la urgencia de responder ya. Queremos defender nuestros valores, corregir el engaño, demostrar que no somos indiferentes. Es comprensible, pero también puede ser justo lo que buscaba quien publicó el mensaje.


Provocar indignación le sirve mucho a un personaje público. Le da espacio en los medios, desplaza otros temas, mantiene movilizados a sus seguidores y obliga a sus adversarios a responderle. Si además atraviesa un momento incómodo, una controversia nueva puede sacar de la conversación lo que preferiría que dejáramos de mirar. Mientras todos discuten la última ocurrencia, otros asuntos pasan a segundo plano sin mucho esfuerzo.


Está también el ego, aunque sea difícil medir cuánto pesa. Hay personajes para quienes ser criticados es mucho más tolerable que ser ignorados. Que miles hablen de ellos, aunque sea para insultarlos, les confirma que todavía pueden mover la conversación con una sola frase. Cada titular, cada respuesta, cada video de reacción es una prueba más de su capacidad para atraer atención.


No podemos saber desde afuera cuánto hay de estrategia y cuánto de necesidad de protagonismo. Probablemente se mezclen. Lo que sí podemos observar es el resultado: alguien publica algo provocador y logra que adversarios, seguidores y medios organicen la conversación alrededor suyo. Hasta quienes intentan quitarle importancia terminan poniéndola otra vez en el centro.


Quien domina esa dinámica no necesita convencer a todos. Le basta con que nadie hable de otra cosa. Sus seguidores compartirán el mensaje porque están de acuerdo, y sus críticos lo harán para demostrar que es falso o ridículo. Mientras unos y otros discuten, quien inició el escándalo conserva el control del tema y la atención que buscaba.


Esto conecta con el sesgo de confirmación, del que ya hemos hablado antes. Tendemos a aceptar con más facilidad lo que coincide con lo que ya creíamos. Si alguien apoya a quien lanzó la provocación, va a interpretar las críticas como otro ataque de sus adversarios. Si está en contra, va a encontrar nuevas razones para indignarse. La discusión rara vez cambia de posición a nadie. Lo que sí logra es que la afirmación se repita una y otra vez.

Y la repetición importa. La psicología ha estudiado el efecto de verdad ilusoria: una afirmación empieza a parecernos más creíble simplemente porque nos resulta familiar. No significa que toda mentira repetida termine convenciendo a cualquiera, pero sí que la familiaridad influye en cómo procesamos la información.


Por eso algunos desmentidos salen mal. Repetimos la falsedad en el titular, la mencionamos varias veces al explicarla y dejamos la aclaración para el final. Días después, mucha gente recuerda la afirmación original, pero ya no tiene tan claro si la escuchó porque era cierta o porque alguien la estaba corrigiendo.


Por eso el silencio también puede ser una herramienta de comunicación, aunque decirlo incomode. Estamos acostumbrados a verlo como falta de carácter o miedo a enfrentar el problema. Pero también puede ser una decisión, tomada después de evaluar el alcance de una publicación, el daño posible y el efecto probable de responder.


No hablo de quedarse callado ante cualquier cosa. Si circula información falsa sobre una emergencia, una enfermedad, una decisión pública o una acusación seria, hay que actuar rápido. Una institución tampoco debería esconderse detrás del silencio cuando tiene una responsabilidad clara o cuando las personas afectadas necesitan una explicación. Ahí, callar aumenta la incertidumbre y destruye la confianza.


Hay otras situaciones mucho menos claras. Una cuenta con pocos seguidores publica una acusación sin pruebas. Casi nadie la vio, pero una organización se asusta y saca un comunicado. Los medios se enteran del tema por esa respuesta y lo convierten en noticia. Al final, la institución que quería protegerse terminó dándole alcance nacional a un comentario marginal.


Algo parecido pasa cuando un personaje conocido lanza una provocación calculada. La primera reacción suele ser responder rápido, aunque todavía no sepamos si el tema tiene consecuencias reales o si en dos horas ya lo reemplazó otra ocurrencia. Esa prisa puede convertir una tontería pasajera en una crisis que fabricamos entre todos.


En la comunicación personal pasa algo similar. Alguien hace un comentario pasivo-agresivo o una acusación ambigua esperando que reaccionemos. Si caemos en la trampa, terminamos explicándonos frente a alguien que quizás nunca quiso escuchar. A veces la discusión existe solo porque aceptamos entrar en ella.


Antes de responder conviene detenerse y mirar qué está pasando de verdad. Cuánta gente vio realmente el mensaje, quiénes lo están moviendo, si hay un público que todavía busca información. Y si tenemos algo útil que agregar, o si solo vamos a repetir la provocación con otras palabras.


Esa pausa evita varios problemas. No todo comentario negativo es una crisis. No toda acusación necesita un comunicado, y no cada publicación de un político merece ser el tema del día. A veces basta con monitorear y estar preparado por si la conversación crece. Si pierde fuerza sola, responder habría sido echarle gasolina.


Cuando sí toca corregir, la forma importa. Se puede empezar por el hecho comprobado y mencionar la falsedad de paso, sin volver a ponerla en el centro. En el caso del lago Ontario, por ejemplo, es más útil explicar que sigue siendo un lago compartido por Estados Unidos y Canadá, y que la orden solo cambia el nombre que usan las instituciones estadounidenses. Esa explicación informa sin convertir la provocación en espectáculo.


También se puede responder una vez y detenerse ahí. Una aclaración bien hecha no obliga a meterse después en veinte discusiones ni a contestar cada comentario. Hay conversaciones que no buscan información, sino desgaste, y seguir respondiendo no las vuelve más razonables.

El silencio estratégico exige criterio, porque se puede confundir con indiferencia. No debería decidirse por comodidad ni usarse para evadir responsabilidades. Hay que observar el contexto, medir los riesgos y tener claro a quién necesitamos informar. Si hay un daño concreto, se responde. Si la información está confundiendo a gente que necesita tomar decisiones, se aclara. Si lo que tenemos enfrente es una provocación que vive de la reacción ajena, quizás lo mejor sea dejarla sin alimento.


Esto último es especialmente difícil en un entorno que nos empuja a opinar de inmediato. Las redes nos hacen sentir que, si no reaccionamos ahora, vamos a llegar tarde. Pero en comunicación estratégica la rapidez no siempre es la principal virtud. Una respuesta apurada puede salir mucho más cara que unos minutos de silencio.


Últimamente se habla bastante del pensamiento crítico como defensa contra la desinformación. Es necesario, pero no siempre alcanza. Podemos analizar una afirmación, reconocer que es falsa, y aun así ayudar a difundirla porque sentimos la necesidad de demostrar que no caímos en el engaño. Pensamos con la cabeza fría, pero reaccionamos exactamente como esperaba el provocador.


Quizás por eso también necesitamos aprender a administrar nuestra atención. Elegir qué merece respuesta y qué puede quedarse hablando solo. Hay discusiones que hay que enfrentar, y otras que solo crecen cuando alguien decide tomárselas en serio.


En una época donde cualquiera puede imponer un tema con una publicación absurda, guardar silencio puede ser una forma de negarse a seguirle el juego. No siempre será la decisión correcta, pero debería estar entre las opciones. Porque comunicar bien también implica saber cuándo nuestras palabras aclaran algo y cuándo solo producen más ruido.


A veces la mejor respuesta es una explicación firme y bien documentada. Otras veces basta con observar, esperar y dejar que la provocación se apague sola. El criterio está en saber reconocer la diferencia.



Fuentes consultadas

Associated Press. “Trump signs order renaming Lake Ontario as ‘Lake America’ in the United States”. 27 de agosto de 2026.

Ye, S. y otros. “Systematic review and meta-analysis of the evidence for an illusory truth effect”. Nature Communications, 2026.

McLoughlin, K. L. y otros. “Misinformation exploits outrage to spread online”. Science, 2024.

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© FerAr-GT

Guatemala, 2026

Fernando Arévalo es consultor en comunicación estratégica, comunicación interna, gestión del conocimiento y aprendizaje organizacional, con experiencia en organizaciones de desarrollo, cooperación internacional, sector público, universidades y empresas privadas en Guatemala y América Latina.

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